Por Marianne Blanck

Soy de esas personas que encuentra fascinación en buscarle soluciones a los problemas, y superar yo misma los obstáculos que la vida me pone enfrente para crecer. Si de algo estoy segura, es que todos tenemos la capacidad de sobrepasar los retos. Si eres emprendedor, seguramente te identificarás con esto. 

Sin embargo, tu mayor virtud puede ser tu mayor debilidad. Una de las debilidades que tenemos algunos emprendedores, en especial los emprendedores chapines que nos consideramos ante todo “chispudos”, es que nos cuesta mucho pedir ayuda

Pocos días antes que la OMS declarara pandemia mundial, mi esposo y yo salimos del país camino a Australia del Sur, donde empezaría mis estudios de posgrado. Esto era algo que habíamos estado planificando desde hace un año. Ya habíamos vendido todo, estábamos subidos en la montaña rusa y no había vuelta atrás. 

Llegamos a Australia un miércoles 18 de Marzo, sin conocer a absolutamente nadie, y enterándonos de la nueva ley que dictaba que toda persona que entrara al país debía hacer autoaislamiento obligatorio por 14 días. Quien no cumpliera podría enfrentar multas de más de USD 13 mil, y posiblemente cárcel. Así que emprendimos nuestro viaje directo del aeropuerto al Airbnb donde estaríamos pasando 2 semanas sin poder salir. 

“Tranquila, todo va a estar bien. Al llegar al Airbnb me meto a las páginas de los supermercados más conocidos en Australia y pido el super en línea.” Eso pensé, hasta que leí que los supermercados habían parado indefinidamente el servicio a domicilio. 

Sin nada más que nuestras maletas, un presupuesto ajustado y un bote de sal y pimienta que había en el Airbnb, decidimos pedir pizza, que era la opción más económica que encontramos de comida a domicilio. No sabíamos cuánto tiempo iban a estar abiertos los restaurantes durante esta pandemia. Necesitábamos abastecernos de comida y no teníamos como hacerlo… Así que decidí pedir consejos y recomendaciones en un grupo en Facebook que reunía a la comunidad latina de esta nueva ciudad.

En menos de una hora teníamos ya más de 30 mensajes de personas desconocidas ofreciéndose a hacernos el súper y llevarlo a nuestra puerta. También dándonos las gracias por seguir las órdenes del gobierno a pesar de las incomodidades. “¿Dónde te estás quedando? ¿Dime qué necesitas? No te preocupes, yo te lo llevo a donde estés…” 

Nos llovió un apoyo y una solidaridad tan inesperada, que mis ojos no pudieron evitar llenarse de lágrimas. A pesar de estar a miles de kilómetros de mi familia, aislada en una isla gigante, dentro de un Airbnb en una ciudad dormida… Me sentí bienvenida, pero principalmente: me sentí en casa. 

Al día siguiente teníamos ya varias bolsas de súper de personas con increíble corazón que dejaron en nuestra puerta. Días después sigo recibiendo preguntas y llamadas para ver si ya logramos solucionar, cómo la estamos pasando, si necesitamos algo, etc. 

Estoy sorprendida que aun con el desabastecimiento de supermercados que hay también aquí, ellos no escatimaron y nos trajeron justo lo que necesitábamos… Una persona incluso nos trajo juegos de mesa para entretenernos y pasarla alegre durante la cuarentena.

Estoy infinitamente agradecida y feliz de haber pedido ayuda. Durante las crisis dicen que sale lo mejor y lo peor de las personas. De la vulnerabilidad nace la creatividad y la conexión. De todo esto, nacen los milagros. Nuestro milagro es que tenemos muchos ángeles que nos cuidan. Gente dispuesta a dar lo mejor, incluso cuando a ellos también les está costando conseguirlo.

Pedir ayuda, a pesar de que es difícil, es una de las cosas que más nos enseña. Nos enseña, que dentro de todas las malas noticias que escuchamos, en el mundo hay más personas buenas que malas. Que al ser humilde y mostrar tu vulnerabilidad, logras conectarte con las personas a un nivel que sería imposible de otra forma.

El saber pedir ayuda puede ser la diferencia entre escalar tu negocio, o quedarte en el garage de tu casa por años. Entre liderar un equipo, o ser esclavo del tiempo. Entre aprender de la experiencia de otras personas, o solamente de tu propia experiencia. Pedir ayuda es la llave que me sigue enseñando, que no camino sola, y que los tiempos de crisis sirven para conectarnos con nuestra humanidad. Que sentirse apoyado y apoyar, es una gran fuente de inspiración y crecimiento personal. 

Que los latinos, no solo somos “chispudos”, también somos UNA GRAN FAMILIA. 

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