En enero predije que la propagación del nuevo coronavirus COVID‑19 en China llegaría a un punto de inflexión en la segunda o tercera semana de febrero. De hecho, la cantidad total de casos graves y críticos en aquel país viene bajando desde el 22 de febrero, y en los últimos días no hubo casos nuevos, salvo los traídos por viajeros internacionales llegados a China. Por desgracia, fuera de China ha habido un veloz aumento de nuevas infecciones, con consecuencias potencialmente desastrosas para la salud pública y la economía global.

Por: Ricardo Hausmann

Frente a esta pandemia, las autoridades pueden extraer varias enseñanzas útiles de China y de otros países que estuvieron entre los primeros afectados por la COVID‑19. Estas enseñanzas pueden ser particularmente útiles para aquellos países que todavía no han sufrido un brote importante. Sobre todo, deben actuar rápido.

En primer lugar, los gobiernos y las autoridades de salud pública deben acelerar preparativos antes de que se produzca un brote importante. Cuando la COVID‑19 golpee sus países, habrá un pico de demanda de kits de detección, mascarillas, toallitas desinfectantes, vestimentas de protección, camas de hospital y equipos de asistencia vital. Europa y Estados Unidos no usaron bien las seis semanas de ventaja que tuvieron; el resto del mundo debe prepararse ahora.

En aquellos lugares donde el suministro local de esos materiales sea limitado puede ser necesario importar refuerzos desde China, Japón y otros países. Se trata de productos que en general no son de alta tecnología, y muchos países tienen capacidad de fabricarlos. China, en particular, está ansiosa de reanudar la producción, y cuenta con fábricas competentes y capaces de responder sin demora a un aumento súbito de la demanda global.

Además, hay que elaborar planes nacionales de contingencia que garanticen una cantidad adecuada de camas en hospitales (sobre todo en unidades de terapia intensiva) para el supuesto de que se produzca un brote a gran escala. Si esos planes fueran inviables o insuficientes, el gobierno debe analizar la construcción acelerada de nuevos hospitales, apelando de ser necesario a empresas extranjeras.

También es necesario que las autoridades públicas den lo antes posible a la población instrucciones claras y rigurosas para minimizar la propagación del virus, por medio de la higiene personal y el distanciamiento social. Un buen ejemplo es Singapur, donde los funcionarios del área de salud e incluso el primer ministro han suministrado a la población información médica precisa.

Es fundamental que los gobiernos impongan a tiempo y en forma decidida medidas de distanciamiento social tan pronto como haya señales de un brote. Como demostró Tomás Pueyo (un emprendedor de Silicon Valley), esas medidas han sido eficaces en China y es probable que sean necesarias en muchos otros países.

Para mitigar algunas de las consecuencias económicas de la pandemia, las autoridades deben proveer rápidamente ayuda de emergencia a trabajadores, empresas e instituciones financieras. La COVID‑19 tendrá en lo inmediato un fuerte impacto negativo sobre la economía en general, y es posible que algunos sectores se vean afectados incluso a mediano plazo.

El shock de oferta negativo causado por los cierres de fábricas se transmite a través de las cadenas de suministro a sectores de todo el mundo que dependen de esos insumos, incluso en países que en la actualidad no tienen un brote importante de COVID‑19. Por otra parte, la pandemia está provocando una contracción de los ingresos y de la demanda, que afecta a proveedores de todo el mundo. La resultante pérdida de ingresos empresariales y confianza puede provocar un derrumbe de la demanda de productos y servicios. Para evitar que las expectativas de recesión se transformen en una recesión real, los gobiernos deben implementar rápidamente programas de emergencia, que pueden incluir una suspensión temporal del pago de impuestos e intereses, apoyo financiero y prestaciones médicas garantizadas para los trabajadores y asistencia financiera para los bancos.

Los países también deben hacer un uso óptimo (o al menos mejor) de las tecnologías digitales. Un sólido sistema de compra electrónica puede compensar algunas de las dificultades económicas que enfrentan comercios minoristas y fábricas, pero esto demanda un buen nivel de penetración de Internet, amplia aceptación de los medios digitales de pago por parte de empresas y familias y un sistema de entrega eficiente y económico. China tiene la suerte de tener las tres cosas, pero muchos países en desarrollo no están en la misma situación. De modo que sus gobiernos deben considerar la implementación de reformas de emergencia en el sector servicios que permitan a empresas internacionalmente competitivas ayudar a construir infraestructuras rápidamente, para promover el logro de los objetivos nacionales de salud pública.

En cuanto a medidas de estímulo económico para enfrentar una recesión global, un programa internacional coordinado será más eficaz que acciones nacionales separadas. Esto vale especialmente para el estímulo fiscal. Cuando un gobierno rebaja impuestos o provee asistencia financiera temporal a familias necesitadas, el aumento de la demanda interna puede «fugarse» hacia productores extranjeros a través de un aumento de las importaciones. Esta fuga es especialmente significativa en economías pequeñas y medianas donde las importaciones representan una proporción relativamente alta del PIB y puede desalentar la implementación de medidas de estímulo suficientes.

La coordinación internacional puede ayudar a resolver este problema. Si todos los países estimulan al mismo tiempo su demanda total, no tiene por qué haber tanta variación de los tipos de cambio, y el incremento de la demanda global beneficiará a todos. En este sentido, el G20 o el Fondo Monetario Internacional pueden tener un papel coordinador crucial.

Finalmente, reducir barreras comerciales arancelarias y no arancelarias también puede ayudar a combatir una recesión inducida por la pandemia. Muchos bancos centrales importantes ya bajaron casi a cero sus tasas de referencia, así que no pueden hacer mucho más. Pero numerosos países siguen aplicando barreras comerciales que aumentan los costos de producción y reducen el ingreso real de las familias locales.

Si bien es común que ante el riesgo de recesión los gobiernos se vean tentados a alzar más barreras, para estimular la producción y el empleo en todo el mundo se necesita exactamente lo contrario. Lo mismo que en el caso de la expansión fiscal, una liberalización coordinada del comercio internacional es la opción con más probabilidades de éxito, porque las «concesiones» de cada país a las empresas extranjeras irán acompañadas de un mejor acceso de sus propias empresas a los mercados extranjeros. La Organización Mundial del Comercio y el G20 tienen que fortalecer su liderazgo en esta área.

La pandemia de COVID‑19 es una amenaza de desastre para el mundo. Pero la crisis también ofrece a los gobiernos una infrecuente oportunidad para emprender cambios de políticas que no sólo enfrenten el desafío sanitario inmediato sino que también aumenten el potencial de crecimiento a largo plazo de la economía global. 

Aunque los chinos no inventaron todos los dichos interesantes que se les atribuyen, es verdad que en chino la palabra «crisis» se compone con un carácter que significa «peligro» y otro que significa «oportunidad». Los gobiernos de todo el mundo deben aprovechar el momento y no desperdiciar la crisis de la COVID‑19.

Shang-Jin Wei, ex economista principal del Banco Asiático de Desarrollo, es profesor de Finanzas y Economía en la Columbia Business School y en la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales de la Universidad de Columbia.

// Traducción: Esteban Flamini.

Copyright: Project Syndicate, 2020. | www.project-syndicate.org

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